
Abrimos los ojos y cae en nuestros hombros un día nuevo. Cae pesado, conocido y poco singular. Cae y no nos damos cuenta que “cae” y se nos pega a la piel. Nos paramos, ponemos los pies en el piso y la cotidianeidad pesa a cada segundo más, pesa en nuestros parpados que no quieren abrirse y se chorrea por la piel. Pega la luz, rebota y reconocemos la rutinaria masa de elementos que nos rodea como nuestra realidad cotidiana, nuestro paradigma aceptado y aceptable. Si bien la combinación de estos elementos, que forman esta masa (estas imágenes mentales, figuritas repetidas) parece casi infinita, es finita, finitisima. Li Mi Ta Da.
Nos gusta la idea de combinación, de sentir la libertad de que creamos nuestra realidad mezclando los elementos que nos rodean, nos gusta la idea de libertad. Lo mas gracioso es que tenemos la libertad de hacer lo que nos plazca con esos elementos cotidianos que nos rodean, que forman nuestra realidad, esa masa que podríamos moldear a gusto. PODRIAMOS, pero no lo hacemos. Usamos todos los días la misma receta y caemos todos los días en la misma realidad, la misma rutina, el mismo estancamiento. “Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.” Como dijo Cortazar, tanto mas simple, tanto mas fácil. De cualquier forma, aun si quisiéramos un día cambiar la receta, (con una mezcla de angustia y dolor claro esta…), el numero de elementos conocidos y aceptados es tristemente limitado. No hay más que mirar un poquito más allá de esta realidad, asomar la punta de la nariz nomás fuera de los límites del paradigma para ver que lo que hay más allá debe ser por mucho superior. Kilométricamente superior. Así estuviéramos hablando de un elemento que difiera de la realidad, solo un elemento, algo mínimo, una unidad de esas que componen la masa a la que llamamos realidad y moldeamos todos los días con la misma receta. Solo una unidad, solo un momento, solo una imagen, una sensación. Ese solo elemento puede generar millones de nuevas combinaciones, puede llegar a cambiar el paradigma y transformar la realidad, y a pesar de eso, lo nuevo, lo diferente, lo desconocido tiene muy poca presencia en la realidad cotidiana.
Un nuevo día. Otra vez abrimos los ojos, nos pesan los parpados, nos chorrea la cotidianeidad y se nos cae en la piel el día, pesado, se nos tatúa la rutina. Otra vez la cuchara, el café, el picaporte, la mañana y el diario y el clima y el futuro ya escrito. Pero tenemos la opción de frenar, decir basta y cuestionarnos la realidad… “¿Por qué?” Por qué aceptar tan ciegamente un paradigma tan poco fiable y comprobable, por qué dejarse estancar en el conformismo de una realidad cotidiana. Cuestionarse la realidad es un buen comienzo. Ya nos sacudimos un poco lo cotidiano de la piel, ya amanecimos mas despejados y el día pesa un poco menos. Claro que aceptar e incorporar lo nuevo no es tan fácil, hay que hacer lugar dentro de lo conocido y acomodar muchas cosas en la cabeza. El entorno nos impone leyes que determinan nuestra percepción, y aunque queramos que sea diferente nuestra primera impresión del mundo parte de ahí. Por suerte como todas las leyes, estas pueden torcerse y hasta romperse. No es una tarea para cualquiera, no es una tarea nada fácil la de romper estas leyes, de hecho los transgresores de estas son pocos: los creadores y los locos.
Es evidente que cuesta la razón. Hay que dejar de lado los razonamientos lógicos para la incorporación de nuevos elementos y la creación de nuevos universos. Despojarse de esas barreras que filtran y juzgan miles de sensaciones, conocimientos, ideas, imágenes, sonidos, objetos, sabores, ondas viajeras en el aire que pretenden chocarnos y hacernos abrir un poco más los ojos. Si dejáramos que las cosas nos impusieran un orden nuevo y jugáramos más con las combinaciones y tratáramos de descubrir (y crear!!) nuevos elementos nos llenaríamos de creaciones llenas de pureza.
Propongámosnos el redescubrimiento. Creemos instantes. Arriesguémosnos a abandonar el control que nos imponemos desde la razón.
Nos gusta la idea de combinación, de sentir la libertad de que creamos nuestra realidad mezclando los elementos que nos rodean, nos gusta la idea de libertad. Lo mas gracioso es que tenemos la libertad de hacer lo que nos plazca con esos elementos cotidianos que nos rodean, que forman nuestra realidad, esa masa que podríamos moldear a gusto. PODRIAMOS, pero no lo hacemos. Usamos todos los días la misma receta y caemos todos los días en la misma realidad, la misma rutina, el mismo estancamiento. “Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.” Como dijo Cortazar, tanto mas simple, tanto mas fácil. De cualquier forma, aun si quisiéramos un día cambiar la receta, (con una mezcla de angustia y dolor claro esta…), el numero de elementos conocidos y aceptados es tristemente limitado. No hay más que mirar un poquito más allá de esta realidad, asomar la punta de la nariz nomás fuera de los límites del paradigma para ver que lo que hay más allá debe ser por mucho superior. Kilométricamente superior. Así estuviéramos hablando de un elemento que difiera de la realidad, solo un elemento, algo mínimo, una unidad de esas que componen la masa a la que llamamos realidad y moldeamos todos los días con la misma receta. Solo una unidad, solo un momento, solo una imagen, una sensación. Ese solo elemento puede generar millones de nuevas combinaciones, puede llegar a cambiar el paradigma y transformar la realidad, y a pesar de eso, lo nuevo, lo diferente, lo desconocido tiene muy poca presencia en la realidad cotidiana.
Un nuevo día. Otra vez abrimos los ojos, nos pesan los parpados, nos chorrea la cotidianeidad y se nos cae en la piel el día, pesado, se nos tatúa la rutina. Otra vez la cuchara, el café, el picaporte, la mañana y el diario y el clima y el futuro ya escrito. Pero tenemos la opción de frenar, decir basta y cuestionarnos la realidad… “¿Por qué?” Por qué aceptar tan ciegamente un paradigma tan poco fiable y comprobable, por qué dejarse estancar en el conformismo de una realidad cotidiana. Cuestionarse la realidad es un buen comienzo. Ya nos sacudimos un poco lo cotidiano de la piel, ya amanecimos mas despejados y el día pesa un poco menos. Claro que aceptar e incorporar lo nuevo no es tan fácil, hay que hacer lugar dentro de lo conocido y acomodar muchas cosas en la cabeza. El entorno nos impone leyes que determinan nuestra percepción, y aunque queramos que sea diferente nuestra primera impresión del mundo parte de ahí. Por suerte como todas las leyes, estas pueden torcerse y hasta romperse. No es una tarea para cualquiera, no es una tarea nada fácil la de romper estas leyes, de hecho los transgresores de estas son pocos: los creadores y los locos.
Es evidente que cuesta la razón. Hay que dejar de lado los razonamientos lógicos para la incorporación de nuevos elementos y la creación de nuevos universos. Despojarse de esas barreras que filtran y juzgan miles de sensaciones, conocimientos, ideas, imágenes, sonidos, objetos, sabores, ondas viajeras en el aire que pretenden chocarnos y hacernos abrir un poco más los ojos. Si dejáramos que las cosas nos impusieran un orden nuevo y jugáramos más con las combinaciones y tratáramos de descubrir (y crear!!) nuevos elementos nos llenaríamos de creaciones llenas de pureza.
Propongámosnos el redescubrimiento. Creemos instantes. Arriesguémosnos a abandonar el control que nos imponemos desde la razón.